jueves, 12 de febrero de 2015

Carnaval de gente gris

      Es de mañana, hay sol, es hora de levantarme. 
     Con dificultad logro mover mi masa de la posición horizontal para sentarla en la cama, me pongo de pie, y reptando, me dirijo al baño.
    En ese cuarto puedo ver en el espejo a la primer persona del día, es alguien al que no deseo saludar, pero debo mirarlo a la cara para limpiarle la grasa y las lagañas del rostro. No se si lo hago por caridad o por necesidad.
      Otro día ha comenzado, la rutina se despereza y siente ganas de alimentarse con algún desayuno rápido mientras lee las noticias matutinas.
       Es otra mañana típica, y decido que es hora de darle valor, por lo que comienzo a arreglarme para ir al trabajo en el centro capitalino, Afuera, el otoño despunta en epílogo de otro Marzo porteño. Todavía hace calor, es un hermoso día para sentir el saco gris y la corbata bordó.
    Salgo de mi departamento, cierro con llave y bajo por el ascensor, en la salida del edificio murmuro en voz alta mi preocupación sobre el paro de subtes; el portero, que escuchó mi voz y pensó que le estaba hablando a él, contesta que no pasaría tal cosa. Simulando que le había preguntado, le agradezco el dato y me despido.
     El viaje no tiene ninguna novedad, es le mismo desfile de gente aburrida y cansada, payasos sin gracia disfrazados para otro día de corso. Murgueros que solo se mueven por el vaivén del colectivo o subte, sonríen pero no ríen, se entristecen pero no lloran, se enojan, pero no gritan.
     Bajo de esos carros sin plumas y me dirijo al edificio bancario; ¡oh! cómo me duelen los pies, estos zapatos me matan.
     Al llegar, veo una muchedumbre en el hall del edificio, todos escuchan a Orlando, un delegado gremial del sindicato diciendo que hoy se declaró una medida de fuerza de 8 horas, y en una simulada asamblea se decreta paro y movilización.
    Los ánimos se han exaltado, algunos están en contra pero la mayoría (y me incluyo) estamos a favor, mientras suenan bombos, platillos y un megáfono, nos traen grandes bolsas de papeles de oficina picados en cuadraditos y talones de volantes con el nombre del sindicato impreso. 
    Pienso en este momento que al ser una zona donde se hallan altos y viejos edificios pertenecientes a muchos bancos, esta escena se repite en toda la cuadra y en varias manzanas del micro centro, con sus angostas calles escoltadas por sólidas fachadas de mármol y granito.
     Una hora después, suena una sirena y todos comenzamos a tirar los papeles por la ventana; en un instante toda la cuadra se viste de papales picados, papeles de oficina, donde habían impresos números y nombres, caían como nieve sobre el negro pavimento.
     Estoy emocionado, comparto este momento con compañeros de trabajo, algunos ríen, otros hablan, algunos tocan el bombo con gran exaltación y otros pican más papel, estos últimos los rompen con tal satisfacción que parecería que estuviesen rompiendo cadenas.
     En eso, saco la cabeza por la ventana del tercer piso y miro hacia la esquina, veo a un niño pequeño con anteojos tomado de la mano por su padre quien viste un saco gris y una corbata bordó. 
       El niño mira al cielo, asombrado por el espectáculo, levanta la mano mientras camina por la calle para agarrar algún papelito. Cuando se acerca al edificio donde estoy, empiezo a cantar y a saltar, descargo la lluvia con mucho más énfasis, tanto que parece que contagio a mis colegas quienes comenzaron a imitarme.
       En este instante, una atmósfera mágica invade el ambiente; ya no somos fríos oficinistas de saco y corbata, ya no nos duelen los píes ni el alma, ahora somos una comparsa, que al ritmo de bombos y cánticos llena el aire de música y papel.
     No aguanto, una lágrima rueda por mi mejilla mientras el niño pasa justo por debajo de mi ventana, esa gota se confunde con el desangrado húmedo de los aire acondicionados. 
      El niño ríe, patea y salta, juega con los papelitos -siempre agarrado a la mano de su sonriente padre-, veo en su rostro que su alegría es el reflejo de todo esto. 
      El momento me supera, ya no canto ni salto, solo observo al muchachito y pienso, mientras mi boca tiembla y mi ojos se hinchan: ¡Eso!, disfruta de este carnaval, ¡vamos!.